Lágrimas en la notaría

No es inusual que la gente llore en la notaría. El caso más habitual, por razones obvias, es el de las herencias pero no es el único. Algunos empiezan y acaban un otorgamiento sin parar de llorar.

Siempre me conmueve que la gente llore en una herencia. Los viudos y viudas, los hijos e hijas suelen dejar escapar alguna lagrimita. La herencia es una cosa extraordinaria. Después de todo lo que los padres hacen por uno, te pueden terminar de resolver la vida (si Hacienda no lo impide) con su herencia. El viudo o viuda, en los matrimonios bien avenidos, pierde a su compañer@ de vida con el que suele haber formado el patrimonio que ahora se escinde. Es un momento muy especial, muy raro, que se vive muy pocas veces y que presenta muchas connotaciones tristes.

Reducida a la legítima

Me ofrece confianza la Señora que me lo cuenta; quiero decir que me parece creíble su versión de los hechos, pero no habrá nunca una completa seguridad de lo que ocurrió en este caso, como ocurre en otros muchos casos de errores “notariales” que se pierden en la noche de los tiempos (“pero esto, ¿por qué se hizo así?”).

El caso es que, hace casi treinta años, un matrimonio con dos hijos hace testamento. Creen haber hecho un clásico del uno para el otro y viven tranquilos testamentariamente hablando el resto de su vida juntos.

Él fallece hace unos meses y la Señora mueve papeles (como dice mucha gente en mi pueblo) para liquidar y adjudicar la herencia de su esposo.

Cuando tiene el testamento en su poder descubre que su marido le ha dejado solamente la legítima y que ella hizo lo mismo con su esposo. Lo confirma consultando la copia simple de su testamento que le fue entregada en la notaría en que los firmaron en el lejano año de 1987.

El matrimonio siempre se llevó bien y ella tenía absolutamente claro que fueron a la notaría a hacer un uno para el otro y que ese testamento que les hicieron fue erróneo y que no tiene ningún sentido. Llora y se desahoga cuando terminamos de leer y explicar la escritura. Es una mujer valiente, viuda mayor pero no tanto; sus hijos también son ya mayores y tienen formación universitaria, pero ella se ha ocupado de todos los trámites de la herencia y ahora, en el último momento, flaquea. En el momento final de todo el proceso, que no es fácil, se desmorona y llora porque no le encuentra explicación a lo sucedido.

Yo, la verdad, tampoco se la encuentro. Su porción hereditaria se reduce a la tercera parte de lo que hubiera recibido de haberse hecho el clásico uno para el otro.

Es otra razón más para leer en casa nuestras escrituras. Estoy seguro de que si la hubiera leído, alguna chispa les hubiera saltado y, probablemente, les hubiera hecho regresar a la notaría. La gente vuelve a la notaría en ocasiones cuando con total calma, lee en su casa las copias de las escrituras y descubre cosas que no le cuadran, que no entiende o que percibe que podrían estar mal hechas.

lágrimas en la notaria

Llorando por la cancelación de unas hipotecas

La Señora del caso anterior terminó llorando. La de este caso que cuento ahora estuvo de principio a fin del otorgamiento con la lágrima en el ojo.

Lo cierto es que no supe a ciencia cierta qué le pasaba pero creo que su llanto podría estar causado por los gastos de cancelación de varias hipotecas existentes sobre una finca que le donaba su padre que yo intuí que podría estar atravesando una mala posición económica. Le hablé de los gastos de notaría, del registro, de la gestoría, de la eventual comisión bancaria y de que la cantidad, siendo tres hipotecas, no sería pequeña. Lo que presupongo es que las cuentas de la operación que aquel día nos ocupaba, estaban tan justas, tan milimetradas (no tanto, después de todo) que el incremento del gasto les causaba a ambos un desequilibrio que le hacía llorar desconsoladamente. El padre, entre tanto, guardaba silencio.

Pregunté que qué pasaba y que si yo podía hacer algo, incluso les hablé de aplazar el otorgamiento, pero la Señora quiso continuar y así lo hicimos.

Un hermano autorizado que se lleva la pasta

Recibo a una de esas misteriosas mujeres (también hay hombres misteriosos, pero menos, la verdad) que solo quieren hablar con el Notario.

Nada más empezar me dice:

“Solo vengo a hacerle una pregunta pero la historia que le tengo que contar es muy larga”.

Me investí de la paciencia que Don Antonio Uribe recomendaba en estos casos y acto seguido la Señora rompe a llorar.

Resulta (esto es un resumen del resumen del resumen del resumen del resumen…) que un hermano estaba disponiendo sin ningún consentimiento ni conocimiento previo de los fondos de una cuenta cuyo único titular era el padre de ambos. El hermano figura como autorizado  en dicha cuenta. Y la pregunta era, ¿qué podemos hacer?”.

Las comunicaciones familiares eran escasas (más bien nulas) y cualquier intento de solución razonable parecía difícil, así que le indiqué que desde el punto de vista notarial, lo único que se podría hacer era un acta de requerimiento y de notificación al hermano para que se limitara a hacer uso de la autorización en los casos en que previamente el padre se lo indicara, nunca para disposiciones de fondos en su propio interés (obvio), aunque, advertí, que le veía escasa utilidad y que no le aconsejaba que lo hicieran viviendo su hermano en otra provincia con el encarecimiento que ello supondría al no poder efectuar yo personalmente la notificación. Mucho más útil (y sobre todo lógico) sería que el padre revocase la autorización en el Banco o que, de no poder acercarse, diera poder a su hija para hacerlo. Si el padre no estuviera capaz, la vía sería la de incapacitarle y que el tutor nombrado tomara las riendas de la situación. Si no pudiera desplazarse, pero si estuviera capaz, la vía sería la del poder general (y de paso, preventivo).

La Señora siguió llorando y meses después me consta que sigue en la misma tesitura.

Hasta otra. Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario



 

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