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De boda en la Ribera del Duero

Hace prácticamente un año estuvimos de boda en la Ribera del Duero.

Los viajeros iniciamos la ruta en dos grupos, uno desde Pinoso y otro desde Cartagena y Murcia. Nos reunimos en Valladolid donde nos alojamos en el Hotel Colón Plaza. Después de haber trabajado todos y de un viaje de muchos kilómetros, solo nos dio tiempo para estar lo justo en nuestras habitaciones y, aún así, llegamos demasiado tarde a la pre-boda. Tuvimos que conformarnos con lo poco que quedaba, hasta el punto de que parte del grupo se acercó a un mesón cercano a llenar más la barriga. Con poca cena en la caldera, nos tomamos una copa y regresamos en taxi hasta el hotel en una noche desapacible para un grupo de murcianos que habían salido de su tierra con todo el rigor de los calores de principios de septiembre.

A la mañana siguiente, nos citamos con nuestra amiga Raquel, que fue mi registradora en Mondoñedo, y pasamos un rato con ella y con sus preciosos niños antes de poner rumbo al monasterio de Valbuena. La carretera, ya con un tiempo magnífico, animaba (por las vistas, por los pueblos y, sobre todo, por las bodegas) a hacer unas cuantas paradas que no hicimos por falta de tiempo para ello. Al llegar al pueblecito de Valbuena de Duero y una vez alojados en la inmensa habitación del Hotel Castilla Termal Monasterio de Valbuena, nos fuimos a pegar un baño y a tomar el sol a la piscina para luego manducar algo (algo más de lo previsto) en la zona de la cafetería procurando no comer demasiado pues la boda de mi primo empezaba pronto y se preveía que el comercio y el bebercio serían muy abundantes.

Nos dio tiempo a echar la siesta y a arreglarnos para asistir a la misa y a la ceremonia de boda en una iglesia flamante y preciosa, anexa al conjunto del monasterio-hotel-balneario que alberga la sede de la fundación de las Edades del Hombre. Sin solución de continuidad y en el claustro del monasterio, con el acompañamiento de un estupendo cuarteto de música chill, jazz, suave y vocal, comenzó la bacanal de los aperitivos. Que fuéramos capaces de recordar al día siguiente durante el viaje de vuelta, hubo:

  1. Jamón.
  2. Chorizo.
  3. Pulpo. Con la inestimable participación de pulpeando.com. Lástima que no estén más cerca porque son una magnífica opción para un evento. La cola para coger una tabla era indispensable aunque se avanzaba con mucha rapidez y eso que solo había un tipo manejando todo el tinglado.
  4. Torreznos.
  5. Piruleta queso.
  6. Pollo enjaulado.
  7. Croquetas con alioli.
  8. Lechazo enjaulado.
  9. Gazpacho fresa.
  10. Cremas de atún y salmón.
  11. Palito de cecina.
  12. Langostino empanado.
  13. Vieira y atún con cítricos.
  14. Hamburguesas con foie y perritos.
  15. Risotto.
  16. Y cucurucho de anchoa.

En condiciones normales, cualquiera hubiera cerrado el pico tras aperitivear, pero la cosa no acabó con esto. Al terminar los aperitivos, nos fuimos a cenar a lo que perfectamente podía haber sido el refectorio del viejo monasterio con medio bogavante por barba y un lechazo con su clásica ensalada de lechuga del que repetí y no tripití porque ya no quedaba nadie comiendo en la mesa y me dio un poco de apuro a pesar de que el resto de comensales eran mi mujer, mis hermanos, mis cuñados y mis primos.

Tras los postres comenzó la fiesta que estuvo animadísima gracias, especialmente, a los mariachis que tenían su razón de ser puesto que los novios, ya marido y mujer, aunque son ambos españoles llevan unos años viviendo en México y asistieron a la boda muchos amigos de allá y de acá, más toda la parroquia española.

El tequila corrió con alegría. Al llegar a la habitación tuve un ataque de risa incontrolable que aún me hace reír cuando recuerdo ese hilarante momento del final de fiesta de esta magnífica boda de mi primo.

Me temo que los primos solteros que me quedan son ya irreductibles de la soltería, así que habrá que esperar el turno de los sobrinos.

Por cierto, mi primera boda como oficiante también fue una boda mexicana …

Hasta otra. Un abrazo. Justito El Notario. @justitonotario



 

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